Me gusta la piel blanca, se les
transparenta el sonrojo, el calor, la euforia y el enojo. Me gusta que se
encienda cuando grita, cuando la presionas y se ramifica la sangre rápido,
convulsionando las venas en ese intenso son de verdes pálidos y circuitos lila. Las puntitas de los dedos
se crispan con el frío pintando un resumen toronja a lo largo de la huella digital. El contorno de las cejas
se expone rosa cuando lloran, las boquitas se inflaman de forma curiosa con el mentol de la
crema dental, con la astringencia de algunos líquidos, después de bostezar y
recogerse en su propio incendio, o con el simple roce de otra boquita tocona
cuya obediencia se desarma para morder a tajos, con tierno e irreversible desespero. Cuando chupan hielo, cuando se aprietan por la risa, cuando se alivian
la resequedad con la lengua sanando las grietas dejadas por el calor. Cuando se
estremecen ante una duda intermitente. Cuando se preparan para saborear.
En
fin.
Sólo quería ofrecer mi pensamiento como la reliquia que tu palidez
conserve.
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