Es sólo tuyo el mundo en el que rebotas cuando te tumbas en la cama a pensar gilipolleces, es el lugar de tu mente al que sales a tomar aire cuando la jornada ha concluido con la caída en pique de una luz amedrentada por el cielo vacilante de Caracas, que no sabe si drenar su furia o continuar con ese gris oxidado.
Desde tripas andando hasta peluches de pelaje verde. Bombillos que se prenden y apagan al compás de una gotera heladísima. Esqueletos con armaduras arrullando bebés y granos de café surcando el cielo. Es sencillamente increíble cómo puedo llegar a encapsularme en una burbuja bizarra tan hermética que no me queda más que resignarme a permanecer en ella. Hace de mí una línea retorcida, que se dibuja por sí sola, que decide el color de su trazo y la longitud de su trayectoria.
No hay nada que hacer. Tengo semanas con un tuyuyo mental, un coágulo pernoctando entre la elasticidad de mis venas, impidiendo el paso de sangre renovada. Nada más reciclo. Tomo lo que me deja la muchedumbre y es eso lo que respiro, como, vivo. No produzco nada válido para quedar bien conmigo misma. Qué porquería. Espero encontrar la manera de reponerme, y finalmente sentir ese alivio de cuando, por ejemplo, te traqueas todo el ensamble de huesos al despertar. Pero entre todo, me da risa este tipo de sensaciones absurdas, porque cuando salgo a la calle, a vivir esa realidad de la que no me pidieron permiso vivir, esas divagaciones se disipan y me repito las palabras que titulan este post.
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