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martes, 21 de septiembre de 2010

Rompan filas… y corazones

Jamás, ni en mis pesadillas más frenéticas lo hubiese imaginado como lo ví.

Pasé, es que la puerta estaba entre abierta. Reinaba la triste iluminación de un rayo minúsculo que parecía puesto de casualidad. Lo primero que noté fueron sus ojos tristes, había en ellos una multitud de lágrimas erosivas que oleaban mejillas abajo. La otra multitud era de cigarros prendidos, exhalando con elegancia finos hilos grises y consumiendo los residuos de labios partidos en memoria del día anterior. Los ventiladores, que hacían las veces de paupérrima decoración, vigilaban cada esquina; chillaban de terror allo stesso tempo, sufrían espasmos y de pronto se contraían catatónicos buscando rimar con la decadencia del lugar. Todo estaba alineado a una melancolía nunca antes percibida, estar allí significaba estar a punto de morir, muerto de risa, escuchando una y otra vez el mismo disco de jazz. La tristeza era profunda, las paredes enrarecidas llevaban una carga extraordinaria de amores negados, vestigios de perfumes marchitos, boleros que jamás nadie escuchó siendo los más sonados. Parecía que en cualquier momento el golpe de un sonido, cualesquiera, iba a irrumpir en el silencio, como un susurro en el oído a media noche, la estadía de una visita inesperada o el orgasmo que estalla al roce de piel…sin embargo nada sucedió, el silencio continuó inquebrantable, elevándose con cada pelusa pillada por el sol.
Mi atención se desvió a su ropaje, los detalles de la camisa arrugada y grisácea de cenizas, el estado de abandono en el que estaba me privó del habla. Sentí una necesidad absurda por protegerlo, fue entonces cuando me acerqué, me senté imitando su pose, para intentar unirme a ese cableado de incoherencias que lo componen, por ser yo la más evidente de todas. Escurrí mis manos en las suyas, decidida a no arrepentirme por decir: No quiero estar aquí, pero sí contigo. Jamás olvidaré el sabor a lúpulo amargo de su boca rosa. Estaba tan cerca, que veía sin esfuerzo las vetas minerales de esos ojos de revista para mujeres. Su cara, surcada por la misma luz etílica en resplandor que me invitó a pasar, esa cara tampoco la olvidaré. Me miraba dulcemente, no soltaba palabra, sino un par de risitas nerviosas como para que no se le notara la emoción, ya éramos dos, siempre hemos sido dos. Pronunció mi nombre en un nefasto intento de valentía, y no me quedó más que sonreír. Nótese nuestras manos aún coitadas en una misma pulsación.
Los eventos en nuestra vida parecían desordenados y el reloj apresurado. Pero al parecer al tiempo se le controla mirándolo de cerca, entonces me preparé para no quitarle los ojos de encima, distraerlo y lograr que las agujas perdieran compostura a lo “La persistencia de la memoria” de Dalí. Qué cosas dice uno por amor…¡a Dios!. Sacó un cigarro del bolsillo con el desespero de un náufrago en altamar. Habría de ser la única reserva consumible que tenía, porque por lo demás, hasta él estaba agotado. Intercedí a encenderlo a lo que inicié, sin dejárselo saber, una nueva faena de reconocimiento; buscaba en él algo, sin saber exactamente qué. Tenía el deseo apresurado de admirarlo, sin perder detalle, por más nimio que fuese. Atentaría contra la cordura haberle demostrado a mi manera lo que sentía. Habría sido desquiciado. La coherencia se vería burlada por mi grave delirio, que sin pena y libre de juicio, definiría como “un antojo torturado, colosal e inusual”. Así nada más.

Dejemos rendidos los sueños y salgamos a curiosear más allá, hablemos con los ojos cerrados. Veamos de qué se trata la furia de los conservadores. Se mi placer culposo, mi secreto, el inconfesable, el mejor guardado. Te quiero querer en privado. Dejemos a este gato encerrado, encerrado…”. Deslicé.

Los labios humeantes en sintonía con su aliento agrio de alcohol eran plena aria de seducción. Cuando quise continuar, me vi interrumpida. Inició un discurso como para sí, apocado, temeroso; y aún siendo ese su código natural, se dio el tupé de repararme con aire burlesco, como si descifrara la marquesina de mi mente. Me sabes de memoria”, confesé y se echó a reír más enérgico que antes. Noté que entre un aspirar y otro, le quedaban restos no sólo de nicotina, sino de histeria. Perdió el coraje y dejó la mirada colgada por ahí otra vez, desarmado tal como lo encontré. Eran manojos y manojos de cadáveres de sombras arqueándole la cerviz, alfombrándole los pies.
Cuando me perdió de vista, lamentó su torpe distracción. Me había levantado tan rápido como pude, dejando un remolino de aire frío chocándole. “¿Por qué te vas?”, preguntó, con ese timbre de voz profunda y seca que resuena.

Prefiero dejarte dormir entre las hojas muertas de los libros que leeré, ahogarte entre los hedores de letras olvidadas por malos lectores. Te haré memoria, coincidencia, un intento fallido, un desvelo y con suerte una canción”, pensé sin responder. Pero respondí sin pensar: “porque noté al músculo aquel latir a ritmos sospechosos y juro que no estoy para alucinógenos, menos uno como tú”.

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¿Entendiste o te lo dibujo?

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