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lunes, 25 de octubre de 2010

martes, 19 de octubre de 2010

lunes, 18 de octubre de 2010

Corrígeme si me equivoco

Qué afirmación más absurda la que se empeña en enredar lo que queda debajo de las sábanas con la maniática actividad selectiva del corazón.
CoñoRecórcholis.
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viernes, 15 de octubre de 2010

jueves, 14 de octubre de 2010

miércoles, 13 de octubre de 2010

martes, 12 de octubre de 2010

Sombra de trapos mustios



Una sombra confiada entre las hojas se ha caído del árbol. Qué imagen más graciosa ha enmarcado en el cuadro que cuelga hoy de mi sala. Fue un buen día para haber decidido sacar mi cámara por algo más que la acostumbrada ida y vuelta al café del frente. Recuerdo que reventó su cabeza contra el suelo formando un bullicio musical para el sadismo de quien pudiese disfrutar el dolor ajeno. Aquello fue tan estruendoso que el sonido se exhuma del recuerdo con facilidad. Nadie intentó levantarla, prefirieron rodearla y mencionar, con falso heroísmo, posibles daños craneales, sin atinarle a nada. Sin huesos no hay fractura. A pesar de eso, parecía temblar adolorida, desparramada en la porosidad del asfalto, pobre criatura y su miedo jugando a verse fuerte ante noi. Al levantar la cabeza, desvarió por un momento y así quedó, imperfecta creyéndose normal. Perdió en el golpe el gen de la vergüenza, a lo que decidió vagar de caparazón en caparazón, de esqueleto en esqueleto, de susurro en susurro. Intentó parearse con sustancias, emociones, zapatos, neumáticos, faroles, troncos de árboles, acero inoxidable…hasta murmuró en la misma dirección del viento convirtiéndose en una de sus partículas viajeras. Estuvo en busca de un cuerpo digno de habitar y, al abalanzarse contra la gente, supo que la piel humana era ideal. Éstos se sacudían al sentir la intervención de una energía que apenas descubría la lámina de carne maleable y cálida de la que estaban hechos, como un delicioso compendio de olores propios, prestados y alterados por algún menjunje francés. Encontró una piel quita y pon, impermeable, que la helaba más la brisa que la añoranza. La sombra había dado con un cuerpo vacío, sin residuos de penurias, recuerdos fatales, pesares ni pestilencias de madrugadas obscenas; un cuerpo que no vestía de reverencia para ir a trabajar de corrupto. En medio de su retorcida prisa por ocupar un espacio, encontró…

A falta de algo, se desarrolla lo otro. A ella le faltan las luces, pero colecciona luciérnagas con suiche.
Esa doña canosa se sentó un día cualquiera en la plaza a esperar quien sabe qué. Esperó tanto tanto (¡tanto!) que los postes la invitaron al té y su buen humorada resignación se tomó dos tazas o más. Esperó aún sabiendo que mientras pensaba, nadie la pensaba. Era como saber que el otro está teniendo sexo mientras tú haces el amor. Boceteaba en el aire un arte en rehabilitación de musas danzantes que cantaban rock and roll. Se sentía invocada por miradas de personas desconocidas y a menudo desesperaba ante la energía recurrente de estar en deuda sin estarlo, de creerse la mala que hace daño a mansalva. Sensaciones, nomás. Se encogía de hombros, sosteniendo por largo rato el zapateo nervioso que, ni con esfuerzo fotográfico, combinaba con su dulcísimo mirar. Su piel estaba contaminada de polvo, rasguños y costras, una pieza imantada de ternura pura, extra sensible al roce, intocable de asco. Los transeúntes cumplían la función casi exacta de verla de reojo sabaneando la acera al pasar. Así es como una sombra puede ser la de otra. Una mezcla rimada de ser tan sólo una mancha, la voz del anonimato, un guiño a la decadencia de la ciudad, el vivo ejemplo del ser sin estar…del estar sin existir. Rodearse de gente desconocida, conocida, o estar sola da lo mismo. Es ironía entre trapos sucios, desaparecer en un mundo repleto de seres idénticos: dos brazos y dos ojos, boca y cabello, anhelos y pantanos espesos en la cabeza.
Ella es un músculo que sin sangre palpita, un cadáver que aún puede respirar.


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lunes, 11 de octubre de 2010

A solas #2

¿Te gustaría saber de qué y cuándo morirás?,

domingo, 10 de octubre de 2010

lunes, 4 de octubre de 2010

Escribirlo no cuesta nada


A nadie nunca le ha importado el proceso de creación, sino el resultado.
A usted no le interesa saber que, antes del primer punto y aparte, se abrió una botella al mismo tiempo que el viento estrelló la puerta. Si le comento que el placer de escribir quiere parecerse -sólo un poquito- al placer de beber un trago del mejor licor, hará gesto de indiferencia, buscando entre estas líneas algo que sirva de opio para el estupor, soporte para su ocio, que invoque monstruos, que le alivie las dolencias o le haga sentir que no es el único con un pelín de demencia, que le rememore una buena película o escenas que se asemejen a algo que ya vivió, ¡porque es que le encanta sentirse identificado!, menos solo en el mundo, pero creyéndose habitante exclusivo de un universo propio, hecho a la medida.
Que sus ojos estén persiguiendo estas palabras significa que usted dejó la voz de florero por ahí, para ponerle letras a la boca, encontradas en atmósferas y metáforas ajenas, en este caso las mías. Puede que se aturda si le cuento detalles de la música que sonaba para cuando el título estaba decidido por votación unánime entre la botella, la puerta y quien la tocó relinchando:
- “¿por qué la lanzaste así?”,
- “no fui yo, joder. El viento”.
Pues sí, entre el vaivén y la colisión de horrores típica de estas construcciones, se queman bosques y se alzan torres, suceden cosas tan gloriosas, peligrosas y efímeras al mismo tiempo que, integrarlas en una misma frase, cuesta. Ocurren ataques al corazón de los que nadie se entera, ataques que nada tienen que ver con jeringas ni doctores. Usted no sabe cuántas almohadas murieron, como idea jurásica de sacrificio por algo que, en sí, es supersticioso e innecesario; , me refiero a esto de haberlo invitado a ver lo que hay detrás del telón.

Cierro los ojos cuando no quiero mirar, los oídos cuando me niego a escuchar, pero esto no se tapa con las manos, ni se cierra, ni se abrocha, ni se desecha, ni se pospone, ni se disimula. Es una magnífica rebelión, una impaciencia huracanada que fragmenta un sólo pensamiento en millares de revelaciones y controversias. Es cuando creo, con la ingenuidad más descarada, que logro despachar del cuerpo todo el peso que involuntariamente retiene…y se eleva. Queda en reposo lo pensado, lo vivido, lo visto. Permanece crudo y en calma hasta germinar en verdades (mías), confesiones (mías, inducidas por otros) y tristezas sin remitente, tan accesibles como miel en la despensa. En el proceso he sido la buena, la villana, la víctima del mal y la morbosa que lo induce. Curioso que antes haya sido yo, sin sospechas de convertirme en quien soy hoy, una más del montón y al mismo tiempo un montón en un solo rincón, escuchando con atención lo que reza la mente que suele disponer a altas horas de la noche de sus aparatos clásicos para reciclar, filtrar, espantar y culminar el día con esta irremediable adhesión a lo endeble de un mensaje que se divierte con mis sentidos y los de quienes deseen involucrarse.
Bienvenido…




... a este suicidio en parapente.


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