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domingo, 28 de noviembre de 2010

Gente así (Parte II)


José Antonio González.
Iba delante de mí, en la otra acera. Los carros pasaban volando. Crucé. No me hizo falta interceptarlo, él volteó, me divisó y dijo: “pasa tú primero, mi amor”. Su voz no combinaba con su ropa, ni con sus pies anchos sobre el suelo, ni con su pelo tostado, ni con su boca emburujada en una barba selvática. Aproveché lo que me dijo para anclarme en lo que sería nuestro encuentro “¿me dejarías tomarte una foto?”. Él aprovecha más “sí, pero dame aunque sea pa’ una canilla, que hay hambre”. Hambre es una palabra cruel. No debería existir, y nadie debería padecerla. “No hay rollo, vale, agarra”. Dos mil bolos le alcanzarían. No posa, no se esfuerza, sólo mira la cámara estoico. Mientras tanto, le pregunto qué soñó anoche. No me deja ni terminar la pregunta cuando ya giraba la cabeza a modo de negación. “¿Y no te acuerdas de lo último que soñaste?”, cual infante que no se sabe la capital de Finlandia, se encogió de hombros. “Pero gracias por los riales”. Y siguió su camino, descarado y desinteresado por completo. Me causó cierta gracia, pero más molestia que gracia, hasta que vi las fotos, salieron bien…casi casi se puede ver al hombre detrás.

Joel Chirinos
Me apena mucho como todo comenzó, pero…mira cómo continuó. Llegué a la Plaza Francia de Altamira un día cualquiera, dispuesta a que sucediera cualquier cosa. Las sorpresas jamás se hacen esperar. Ví a un hombre de pie (Gustavo), con pinta de viajero, hablando con otro (Joel Chirinos) que descansaba sobre la grama, al lado de un perro despeinado. Pensé torpemente que Gustavo andaba en las mismas que yo, pero más equivocada no podía estar. Mi impulsividad me tomó de la mano y nos acercamos a introducir un “hola, estoy entrevistando indigentes”. Gustavo rescata “ah, ¿sí?, ¿y quién es el indigente aquí?”. Enrojecida y resignada a mi metida de pata, reparé con detalle a Joel. Efectivamente, era un hombre bien puesto, con su ropa, maletín y zapatos limpios, barbudo, canoso y quizás un poco cansado. Me traicionó la percepción, no cabía mi vergüenza en la plaza. Ya ni recuerdo como acomodé el asunto, el caso es que, como “Pedro por su plaza” me senté al lado de Joel y ya éramos tres nadies hablando de...
hablando.
Gustavo es un artista independiente, pintor, amigo de Joel hace una chorrera de años. El parecido con Guillermo Dávila lo noté al instante, pero más interesante era lo que hablamos que mi posible “¡cómo te pareces a Fulanito!”. Lo dejé así. En cuando a Joel, no se tardó para presentarme a Imán, el perro. Pregunté por qué ese nombre. Me explicó el origen religioso de la palabra (por el islamismo) y ya para entonces estaba yo boquiabierta. ¡Éste señor era un sabiondo! Resultó ser paisajista y artista plástico. Cómo engañan las apariencias, verdaderamente.
Gustavo se fue al rato porque vive lejísimos, así que quedamos Joel y yo inmersos en una conversación que se extendió hasta que mi vejiga lo permitió.
“¿Crees es Dios?”, pregunté, “porque hay personas que no creen en Él, pero sí en las energías”. Me interrumpe “Dios para mí no es el viejito con el triángulo aquí (se señala la cabeza). Para mí es una energía, que si la manipulas bien, es positiva, es relativo porque, fíjate, el mal también es una energía”.
Hablando de su oficio, introdujo “así tú reproduzcas, eres creadora. Supongamos, tú pintas el Ávila veinte mil veces igual, eres recreadora. Tú haces dos docenas de esta blusita, eres recreadora. Pero si eres diseñadora, partes de cero y haces la blusita de diferente forma. Creas. Pero es un rooollo, chama, un rollo de palabras, de ideas”.
-“¿Qué artistas te gustan/admiras/sigues?”
- “Me gusta la generación de artistas del 50. Reverón. Pero el más interesante, el más futurista: Alejandro Otero. Todavía no lo conocemos, es muy culto, muy moderno”. Se reserva varios pensamientos, los ordena y suelta “y aquí aún estamos en la época de Soto, los palitos colgando, el colorcito, no quiero decir que eso sea malo, sino que es convencional. Si Otero hubiese nacido en Londres, todo el Tate Gallery estuviera lleno de sus obras. Él con sus obras no sólo da sino que pide una dosis de cultura”.
A estas alturas, estaba yo como una niña aferrada a la silla de Santa, esperando por el regalo. Me sentía halagada ganadora de la lotería por haber encontrado más de lo que buscaba. No se trataba tan sólo de lo que decía, sino la pasión con la que expresaba toda esa ganancia cultural que la vida le ha arrojado, a pesar de las adversidades, como el haber sido indigente, (¡Eureka!), relató sus días de drogas y pérdidas, anécdotas crudas que me hicieron agradecer ese encuentro, una perfecta casualidad.
- “¿Cuál es tu libro favorito?”
- Oye, mira, “La Ilíada” de Homero. “Demián”, “Lobo estepario” y “Sidartha” de Hermann Hesse.


“¿Puedes anotar un personaje?, esto es prioridad. Marcel Duchamp. Francés. Fue campeón mundial de ajedrez, dejó el arte por el ajedrez. Él pensó que no había más nada que decir. Hay dos artistas muy importantes en la Edad Moderna: Picasso, que cambia el concepto de la belleza y este Marcel Duchamp que cambia la forma del ver el arte”
- “Chico, pero ¿será que existe la belleza, como para que venga alguien y la cambie?.
(Reflexiona). No, ya no existe la belleza, fue desplazada por el gusto. Aunque a mí no hay nada que me horrorice más que la belleza. Porque quisiera tenerla, poseerla (se ríe y empuña las manos).
- “Entonces también debería horrorizarnos el amor”.
- “¡El amor no horroriza!”.
- "¡Pero quisiera tenerlo!".
- "Lo vas a tener. No tienes que buscarlo. Si lo buscas, puedes ser víctima de él”.
Era encantador el cambio de tema, dulcísimo. Joel continúa.
“(…) pero va a haber un momento en el que serás asexual. Todos sufrimos ese momento. Es una etapa. A nadie le gustamos. Es un cambio en la forma de ser, maduramos y vemos todo diferente en la vida. Asexualidad. Eso es bueno, porque te crea conflictos existenciales de 'por qué, por qué no me quieren, no le gusto a nadie' entonces las personas ven dentro de ellas, no van a buscar afuera, es que cuando buscamos el amor, ¡buscamos afuera!, en cambio cuando buscamos dentro de nosotros, sabemos de qué somos capaces”
- ¿Tú sufriste tu temporada “asexuada”?”
- "A veces soy asexuado. Cuando no lo estoy, lo disfruto. La gente me quiere mucho, no para acostarse conmigo. Hay que separar el amor del acto carnal, es diferente. Puedes hacer el amor con alguien, porque amas su cuerpo pero no su mente. Hay gente que vende el sexo, aquí hay un tipo que vende sexo. Es increíble el carajito, es un varón. El vende varón a los hombres que no son varones, pero no vende amor. El hace creer eso, pero vende placer. El sexo es…coño, es un rescate emocional. Hay que definir bien eso, sobretodo tú que ya vas a ser adulta, (me mira concentrado) tú tienes como 20 años…”
- "Sí, exactamente 20".
- “Estás en un momento en el que deberías definir…es que, ya va… ¡no encontramos el amor porque no definimos qué queremos! Tampoco hay que darle mucha importancia a pensamientos tipo ‘¿por qué nadie me ama?’. Muchas veces me pasa que veo unos amantes devorándose a besos y digo ‘¿verga, por qué tengo que andar solo?’, pero de repente veo un tipo horroroso con una niña espectacular y digo ‘bueno, todavía tengo oportunidad, coño, entiendes’ (risas). Espíritus afines le llaman a eso. Pero también existen las almas gemelas, el problema es que…mira, agh (parece darse por vencido en esto de explicar semejante tema, pero prosigue). El problema es que muchas veces creemos que el amor es propiedad privada y no lo es. Nadie es mío. Quizás el matrimonio te de un documento que diga que esa persona es tuya, pero no. Que dice que es tuya al menos hasta que la muerte los separe. Pero tampoco es la muerte la que los separa, es el destino".
Pasa un tipo paseando a su perro. Joel exclama “Hooola, salúdalo Imán, saluda, anda”. Imán se alborotó en presencia de otro despeinado como él.
“El otro día comenzamos a hablar un muchacho como de tu edad y yo, así, sin conocernos. El chamo es Boy Scout. Me vi reflejado porque cuando yo era niño quería ser Boy Scout pero era muy pobre y los Boy Scouts eran niños ricos que vivían en urbanizaciones, okay? (a forma de burla). Si tengo un hijo lo meto a Boy Scout, porque saben defenderse. Las niñas deberían saber eso, si se hieren se hacen torniquetes, sabrían hacer fogatas, cocinan sus vainas solas. Lo que pasa es que la sociedad quiere que la pobreza se mantenga, que no despertemos y no promueve ser Boy Scout, cuando son ellos los llamados a recoger las ayuda, dirigen la calle, ¿ves? Sirven más que el propio ejército, porque éste digiere, digiere, digiere…matar, matar, matar. Es psicópata. Es un rollo muy arrecho, okay?. Bueno, bueno. Volviendo al chamo éste, comenzamos a hablar de libros, me dió la dirección de su página, yo le dí el mío (http://www.joelchirinos.blogspot.com/) para que viera mi trabajo y supiera con quien estuvo hablando, que soy un volao’, un volao’, porque amo mi trabajo. Pienso en Nueva York cuando pienso en arte. Yo, como artista conceptual, sufro un shock cuando veo un objeto en abandono, porque los objetos me gritan y los entiendo.
- “¿Con qué conceptos trabajas?”
- “El reciclaje. Los objetos que la gente ve como basura, yo los tomo y hago algo”.
- “¿Estuviste en Nueva York?”
- “No, pero Nueva York es la capital del arte en el planeta, gracias a Andy Warhol y Rochemberg. Hasta el 60 fue París".
- "¿Dónde vivirías?”
- "¡En París! (risas). O en Yucatán, por allá, las mesetas de México. Me gustaría verlas porque están las pirámides de los Mayas, son más arrechas que la de los egipcios. Los mayas dejaron todo escrito en las paredes, tenían un alfabeto, números, sabían el movimiento solar. ¡Cosas así tenemos que conocerlas! Es parte de nuestra historia. El blanco, el español nos metió fue toda la vaina de Roma, la religión católica y nos cerraron toda esa información. Mira, tenemos más de dos horas hablando".
“Joel, y yo me estoy haciendo pipí, no me quiero ir, ¡pero me voy!, qué gustazo…

Y me despedí más que circo pobre, pensando en la fortuna de haber dado con este hombre que asegura tener su casa tan repleta de libros como su vida de cuentos. Muchas de sus ideas me taladraron el cráneo, pero lo que más me golpeó fue la convicción con la que dijo haber tenido -hasta ahora- una buena vida a pesar de las penurias. “Siempre me ha gustado leer, allí está todo, en el querer enterarse”. Sería bueno echarle un ojito a su trabajo. A mí, sinceramente, me gustó.
http://www.joelchirinos.blogspot.com/

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El pasillo

Matando tiempo, decidí entrar a una librería a ojear…lo que me llamara la atención. Terminé en la sección de Filosofía porque es una materia que a pocos interesa, quizás porque pretende esclarecer dudas sembrando más y asegura tener respuesta a las preguntas más enfermizas, esas que se encienden cuando…uno: estamos borrachos. Dos: despechados. Tres: a punto de dormir. Cuatro: todas las anteriores. “Filosofía”, allí, con su letrerito pecho de paloma y orgulloso, bajo el mando de libros perfectamente verticalizados, limpios, brillantes y nuevos ocupando un lugar, haciendo presencia, esperando reverencias, dándose a respetar a pesar de que tu mamá pondría cara de podrido si te escuchase decir: “cuando sea grande quiero ser filósofo”. A pesar de que engloba los tópicos más alcohólicos del saber humano. A pesar de que, si eres filósofo en Venezuela, lo más inteligente sería buscar trabajo en otro gremio. A pesar de que existe, pero no se nota…precisamente por lo mismo, porque somos de ella, pero no la vemos, y si la vemos, no importa. Nos contiene. Pasa desarpecibida, es un punto negro boyando en petróleo. Es preguntarte: "¿cuántas veces respiré hoy?" Y caer en cuenta que lo haces y no lo notas hasta que desconectan el oxígeno.

Desemboqué allí luego de pasar por “Psicología” (Discovery Channel muy bien la ilustra), “Educación” (cada vez con menos practicantes) y frente a muchos otros cartelitos que guiñaban el ojo con desespero de prostituta, que invitaban a mundos ya comprobados, expuestos, explotados y premiados, todo muy bien colocado sobre la plataforma del “esto es teoría, esto es verdad, cómprame, léeme, creéme”. Contrario a todo, en ese pasillo se está para resbalar en el "para qué", "por qué", "de dónde", "hacia dónde", "quién", entre esos laureles inciertos, tácitos, absurdos, torcidos y opuestos, donde no hay cordenadas que fraccionan lo que se imagina ni lo que se ve. Lo mejor, el manjar del asunto es la gente y lo que dicen. Ahí se concentra la curiosidad en pleno, viene el que ya leyó un poco de Astrología en el otro lado, la señora que dicta clases de cocina, el niñito con su puta gritería, no sabe leer pero finge que sí. El que regresa de comerse esos libros de diseño bombardeados de estímulos y universos, se acercan para quedar en cero, aquí se vuelven grises, inperceptibles, entrecomillados, silentes y niños. Se devuelven a la infancia, de 5, cuando todo era alto y se hacía enorme, no quedaba más que preguntar para comprender el todo de todo y por qué todo era tanto. Se llega aquí desinstalado de los vicios, de los daños, constriñendo las entrañas en el mismo espacio destinado para el corazón. Sucumbe el pulso, toda la superficie del cuerpo se hunde, los órganos afloran, y las patas de la sillas pasan a ser las piernas que perdimos en esta travesía. Se vacían las emociones, vaya sorpresa para ustedes, distinguidos, que llegaron obedenciendo a la conciencia, a la horrorizada humanidad que llevan dentro. Y les cae como bálsamo fresco porque se les nota. Retozan en la palabrería convicente de sabiondos venidos del siglo pasado, con sus temas que absorven, halan y escupen. Es más, creo que hay que tocar puertas antes de entrar. Es un pasillo en el que se camina de puntillas por los restos en el piso y las alturas que uno alcanza a lo largo de la semana, todo eso que se viene con el caminar y duele y pesa y molesta y arde… se queda allí, porque sales pensando en…
cosas muertas que nos viven.
Cosas vivas que nos matan.
Mata cosas que no vives.
Mata, vive, cosa, nada
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jueves, 18 de noviembre de 2010

Gente así

Vaya ironía que rodeados de restaurantes, buscan qué comer. Rodeados de hospitales, viven magullados. Rodeados de gente, están alienados. Rodeados de luces, viven sin ser vistos. Este recorrido lo inicié con el temor y la curiosidad comprimidos en una misma expresión. Les estreché la mano. Comencé ingenua, sin saber sinceramente qué esperar, creída que me bastaría una sola pregunta para saciar la curiosidad que me hizo acercarme y preguntar: ¿Qué soñaste anoche?, voltear la cara y seguir el día automática. Pues no. Surgían más preguntas y, con ellas, información que no me podía perder. Son primicia, diamantes en bruto, tráilers de conciencias que guardan consigo muy buen contenido, esto definitivamente debía ser compartido. Entonces se convirtió en una serie de descubrimientos que funcionaron cual efecto dominó, uno detrás de otro, fascinándome, dejándome en carne viva, sensibilizada hasta la médula. Se colaban mis anécdotas y las de ellos. Las de ellos pasaban a ser mis historias y las mías, sus recuerdos. “Hoy me entrevistó una chismosa” dijo que diría. Se ríe y yo más atrás. Una de las cosas que más llamó mi atención fue la necesidad que ésta gente tiene de hablar. Cuando veían intención de despedida, soltaban cualquier comentario para hilar lo que sería una sarta de cuento más. Y dejaban de lado sus bolsas negras para atenderme. Qué honor. Esa bolsa negra que les sirve de clóset, de escudo, de sótano, de cama, de ropa, de arma, de sombrero, de guarda espaldas, de almohada. Y hablando de almohadas, volvamos al tema…
¿Qué soñaste anoche?
Henry López Martínez
Yo: “Hola, ¿recuerda qué soñó anoche?”. Fueron minutos larguísimos mientras este hombre me reparaba de pies a cabeza. Pensé seriamente en alejarme porque su mirada eran dos platos de ruleta en pleno apogeo. Sin embargo, mantuve la distancia e insistí. Luego de repetir la pregunta como cuatro veces, me enfrenta “bueno, pero tú estás hablando en francés, en chino o qué”. Pero finalmente comprende, se ríe y pregunta “¿y eso para qué?”, le dije que para la universidad y noté finalmente su disposición. Ya cómodo suelta “soñé que cargaba a mi sobrinita, sí, sí, sí (esta parte la recuerdo claro, porque gritaba “sí”) se me cayó, se puso a llorar y cuando la fui a agarrar yo no tenía brazos, le pedía que se levantara, levántate chica, levántate, deja de llorar, pero lloraba más duro, entonces me tiré al piso con ella a llorar también”. Caminábamos uno al lado del otro, y de vez en cuando se acomodaba la bolsa de peroles en el lomo. Arrugó la frente y como quien espera una ovación, concluyó sosteniendo “sí, sí, yo lloré con ella pues, qué más” (risas). Y mientras él se divertía narrando aquello, yo apretaba la boca para que no se me notara lo llorona. Este personaje ya tenía una segundo cita sin saberlo, “¿usted siempre anda por aquí, dónde lo puedo conseguir?, es que hoy no cargo la cámara pero quiero una foto suya”. De nuevo me lanza esa mirada que le costaba sostener en un solo punto a lo que responde “aquí ando yo siiiiiempre, la foto me la tomas otro día cuando esté bonito”.
Una semana después, lo ví. ¡Hoy es tu día, pajarito!. “tú te acuerda de m…”. Antes de terminar la frase, me interrumpió “la niña, la niiiiiiiña, hola, la niña”. Y abrió los brazos con intensiones de abrazo. (No me abrazó, para los que arrugaron la cara con “ew”). Me causa una gracia absoluta su reacción de tío sabrosón que saluda a todo el mundo en las parrillas del domingo. “¡Épale, Henry!”. Y solito comenzó “mira, ayer soñé que…”, así, como si le hubiese preguntado. Me le reí en la cara. Se enseria. Me dije “Michelle, quieta, que el tipo se molestó”. “Chica, ¿cómo te vas a reír? bueno, ya no te cuento, igual ya no me acuerdo”. Muerto el tema. A los minutos me decía “yo estudié sociología en la Católica ‘Andrej Bellom’”. Me gustaba como hablaba. Hablabam asím y todom lo pronunciabam con énfasism. “Henry, ando apurada, hablamos otro día de pana, chao, chaooo”. Qué risa, vale. Este segundom encuentrom estuvo mejorm.

José Suárez
Estaba esperando que el semáforo cambiara de luz para cruzar y él pasó a mi lado. Cuando uno de ellos pasa cerca, uno aprieta la nariz por instinto, esperando que el aroma se estrelle en el aire y quede plagado de un tufo espantoso. No fue éste el caso. Él cargaba el típico gracejo callejero, eso sí, pero de hedores nada. Cambió la luz y yo nunca crucé. Es que me le quería acercar. Hurgó una papelera y se alejó rápido. Me desanimé. Ví el semáforo, ya la segunda manada de gente se preparaba al cambio de luz. Y él apretó el paso, caso perdido, pensé, hasta que lo vi sentarse en un murito, (yes!). Lo alcancé. “¿Me dejas tomarte una foto?” (Extiendo la mano ofreciéndole mil bolívares). Él: “¿La foto?, si va. Quédate los mil bolos, yo tengo 30 mil aquí (se mete la mano en el bolsillo orgullosísimo de lo que acababa de decir)”. ¿Cómo te llamas? (con mi expresión más amable). Inmediatamente pregunta “pero me va a buscar la policía o qué (risas)”. Le busqué acomodo al asunto dejando que se reservara el nombre e insistiendo por la foto. Cedió y su nombre lo deslizó al ratico.
Luego de que mi cámara hiciera lo suyo, comenzó una conversación bastante accidentada:
“Anoche no soñé nada porque no dormí. Pero esta mañana sí. Soñé con una ex novia, sí (alza la mirada con cierto éxtasis, me reí, él lo notó y ríe igual). La tuve hace como un año más o menos, ya no”. Con José los temas no respetaban orden de llegada. Al minuto siguiente comentaba “el último trabajo que tuve fue en una fábrica de zapatos”. Cuando le pregunté cuánto tiempo llevaba pateando calle, noté tanto su incomodidad que decidí que el próximo punto a tratar sería sobre cualquier otro tópico. Sin embargo me dijo “tengo diez años en la calle. Y yo…treinta (risas)”. No podía faltar el “y para qué me preguntas estas cosas”. Desvié el tema, pidiéndole una segunda foto, me la concedió sin rollos. “Ajá, pero ¿cuándo nos volvemos a ver?”, reclama. “Yo siempre paso por aquí, quizás pronto…” y me estrechó la mano fuerte, como queriendo quedársela. No me la soltó hasta que decidí seguir mi curso. “Chao pues”, dijo. Y noté que me siguió con la mirada hasta que, por fin, crucé la calle.
Manolito
Esta ciudad tiene muchos lugares para tomar asiento. Uno de ellos: al lado de Manolito. Me costó, cómo no. Era un día normal y yo no llevaba prisa. Lo vi de lejos y me dije “no qué va, ni se te ocurra, él no”. Este hombre refunfuñaba un no se qué, mientras aplaudía cual niño de “Jardín A”. “Manolito es medio sordo”, asegura un señor que pasaba cargando en la misma mano las llaves, una bolsa de pan y jugo (creo), de esas compritas rápidas que se hacen cuando se sufre un lunes desganado y el frío arremete. “Él, ahí donde lo ves, fue boxeador y trabajó en la General Motors, es tremendo hombre pero cayó en la mala vida y, bueno, ya ves” (ciñe la boca a modo de conformismo). Continua “en su juventud le llamábamos Mobuto, como el africano”. Interrumpo “¿desde su juventud?, o sea ¿lo conocen hacen mucho?”, “Uf, sí. Mira, yo llevo treinta años aquí en Chacao y a este hombre siempre lo he visto por aquí”. Manolito acierta. Noté complicidad. Siguió su camino, no sin antes recibir mi más sincero agradecimiento por su intervención. Qué buen narrador resultó ser Víctor. Cuando nos despedimos, seguí gritándole a Manolito “¡Que qué soñaste anoche!”. “Con los astros. Los astros. ¿Cuál es el astro más cercano a la Tierra?” se preguntó a sí mismo y señaló el cielo con lo que me atrevería a llamar histeria. De hecho no bajó los brazos nunca. Los zarandeaba como queriendo cazar fantasmas en el aire. Se detuvo en seco cuando dijo “yo soy feliz”. “Yo sé que eres feliz, yo sé”. No sé por qué dije eso, de hecho muchas de las ideas que intercambié con él fueron escupidas por impulso, para evitar silencios, para mantenerlo hablando y tensar el hilo de la conversación. “Ajá, ¿y dónde encontraste la felicidad?”, pregunté. “Está aquí”, se roza el pecho, “en uno mismo, adentro, en el interior”. Carajo. Sólo Lay Amstrong, cuando tocó la luna hubiese entendido mi emoción. Se me aguó el guarapo. De lo que me hubiese perdido de no haber decidido tomar asiento allí, junto a él.

Eva
No se puede ser más coqueta. Eva es una de esas imágenes aleatorias que hacen parte del trayecto diario. Kiosco, panadería, calles, semáforos, ella deambulando. Cuando pasa, observo que repinta en el aire figuras que sólo ella distingue. Se sorprende, se apasiona, se fascina con esas obras invisibles. Ha de ser su mejor talento. En el primer encuentro la sorprendí con el “¿qué soñaste anoche?” a secas. Juraría que no soné agresiva, sin embargo intentó ofuscarse respondiendo “no chama, déjame, yo lo que quiero es cigarro, fumá, fumá” y ni cruce de miradas hubo, porque la de ella permaneció en los rincones en busca de algo que “fumá”. Qué bicharanga, chica. No me quedó más que machacar con el talón mi acto fallido y largarme jugando a que adivinaba su nombre. Pero si los nombres fuesen puestos por la actitud, ella se queda Juana Bicharanga.
Cuatro días después. Caminaba yo a paso lento, llevaba a cuestas un cansancio endemoniado. La ví, y al cabo de unos minutos reconocí su rostro y sus dedos puliendo vidrios en la atmósfera. Me detuve, organicé dentro de mi bolso lo necesario (cámara + celular para grabar) tomé aire y me devolví a donde Eva posaba sobre un colchón. “Hola, ten mil bolos”, alargo la mano con muchas moneditas. “Ay gracias, niña” dice bien seca y orgullosa. Propongo “me vas a dejar tomarte una fotico, ¿no?”. Y se altera como la primera vez “No, foto no, eso no”. Afortunadamente reflexiona y se retracta “bueno, sí, dale, qué carrizo” y manotea. Primera foto lograda, y la segunda... excusa de que la primera salió borrosa. A lo que vine. “¿Qué soñaste anoche?”, “no, no, no sé, no sé”. La simpatía en esta mujer es tan visible como las piezas en su galería imaginaria. En fin. Me advierte de mi cierre abierto. Le doy las gracias, y me despido con el pecho inflado de una emoción, chico. Ah, pues. Recuerdo haberme repetido “Amo hacer esta vaina”. Habiendo retomado el camino, se me acerca una señora que comenta “tomándole fotos a la anarquía, a la suciedad, ¿no?”, con ese tonito de “seamos amigas, hablemos”. Le digo “bueno, anarquía no tanto, sino…eso, precisamente eso que usted y yo vimos”. Me sacudo a la señora y su risa “ami-empalagosa” y concluyo: curioso que se aparezcan personas a complementar el ejercicio, a echarte el cuento de la vida del indigente que por años han visto penar por los mismos lares. Son coprotagonistas. Ramas.


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viernes, 12 de noviembre de 2010

lunes, 8 de noviembre de 2010

Sueño, luego existo



Los sueños son una extensión de las experiencias despiertas. No sé si eso es verdad, pero es mi verdad. Si quieres escudriñar tu intimidad, tocar las fosas de lo más entrañable, sueña. Es una manifestación en segundo plano de la alianza que tus instintos y el subconsciente tramaron …sin dejártelo saber. Supone la travesía a lo inexplorado, a futuros, a pasados que parecían olvidados. Abomban y retuercen la vista como el caleidoscopio lo haría. Y de esto aún nadie sabe lo suficiente como para tener la potestad de llamarme mentirosa. Salgamos a la calle, preguntémosle a la gente. O mejor aún, al indigente.

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domingo, 7 de noviembre de 2010

Sin daños materiales

En la madrugada los objetos se emancipan. Adoptan un poder único en su propia figura, dejando ver su naturaleza en la función que les fue encomendada cuando gritan a esa hora, ¡porque lo hacen!.
De verdad lo hacen.


Advierto, no sé a qué viene esto, pero averigüémoslo. En el espacio inerte de la noche, a eso de las tres de la mañana, los insectos orquestan su idioma, es aire eso que se ahoga en un susurro encapsulado, que no hiere pero pega fuerte en la frente, y resbala en los pies. Los objetos descansan también. Posan su maquinaria en el suelo, desterrando la energía, acusando al ensamblaje de hacerlos así, se quejan de prender, apagar, ser rígidos, automáticos y retráctiles. Se tensan, intentan librarse como un maníaco de la camisa de fuerza. Reniegan pero se resignan. Qué dolor causa gritar y no ser escuchado, sino ver salivar al silencio en el suelo. Cambiarían todo por ser…un libro por ejemplo. Con piel, tripas, cocidos, tinturados, nutridos de conversaciones, productores de emociones, poliglotas y cómplices, protectores y pregoneros de secretos. Libros, piezas igual de subestimadas, pero cuya vida útil no se limita a funcionar de día y seguir mudos con la mirada a gatos burgueses de noche. Boo.
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Meds



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sábado, 6 de noviembre de 2010

Semáphoto

Y en plena búsqueda de cincos ,
al cruzar la calle, caigo en cuenta
que los 5emáforos tenían algo que decir.



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jueves, 4 de noviembre de 2010

De Tin Marín De Do Pingüé





Cuando tenía calor me quitaba la piel con la facilidad con la que llegaba a casa a despojarme de la blusa, del pantalón, del sweater... y no dolía. Piel y tela, de un mismo tajón. Volvería a aquellos días en los que no había más preocupaciones que tender la cama y ponerse las medias del mismo color. De Tin Marín De Do Pingüé. Sustituía corazón por lata en caso de dolores, dudas por razones, antojo por dulces. Portaba cuadernos repletos de problemas (matemáticos) resueltos a lapicito. Dejaba que todo pasara y pasaba, sin hacer de filtro ni retener cuanta porquería insistía en estancarse. Qué cabrón era vivir así. Cero fantasías con el movimiento fatal del reloj, es que, me explico…no sentía que mi llegada a este mundo fuese absolutamente inoportuna.




No para entonces, no como hoy.



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miércoles, 3 de noviembre de 2010