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jueves, 23 de junio de 2011

Como lo imagino

Las amantes

¿Has notado los ojos apagados de los gatos cuando leen lo que piensas?, así son ellas. Mujeres de labios rojos sin opinión. Con sexy lingerie y caminar de hechizo, deslizan su cola por encima del morbo de los hombres cansados de las mismas mañas novatas de sus señoras en la cama. Enemigas de titubeo, las amantes son tan despampanantes como caprichosas, ronronean al son de la música, mecen su pelo con un despliegue de encantos que ni practicando logramos. Son circenses en el arte del placer, saben qué decir, saben qué besar. Un espectáculo de piel al mando de la tibieza y el candor, como un tierno genital. Se sienten París, tan llamativas y tentadoras, pero París no las admite como comparación. París más que ser una ciudad para leer, es un libro para vivir. 

Los escritores

Los escritores son hombres –la primera imagen que visita mi mente es viril- para quienes la madrugada se convirtió en la mejor guarida. Tienen una papelera rebosada de hojas con frustraciones ideáticas y suicidios de letras . Fuman. Es que tienen que hacerlo, los hace ver distinguidos en cuanto se enjuagan la retina desde debajo de los anteojos. Todo sea por alimentar esa necesidad depravada de convertirlo todo en crudas líneas de imaginación. A los escritores les corre tinta por las venas, son la especie de sangre azul. 

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miércoles, 22 de junio de 2011

Mis hombres, tus mujeres

No vine a hablar ni de mis hombres, ni de tus mujeres. Me importa entre poco y nada invertir memoria en la cuidada colección de orgasmos fingidos, o en el séquito de lloronas que llevas a cuestas tanto en la conciencia como en el lado oscuro de la almohada. Mataría los cigarros de tristeza, cuando no de depresión porque son temas que, aún cuando se tragan completos, causan escozor. Tiemplo el cuello, encartono la cara, vulgarizo las letras como biblia sobre semen en la cama.
Tampoco desperdiciemos fuerza en la escena del primer beso, en las miradas andantes, en el roce y lo que vino después: el corto camino al debut sexual y su nefasto final.
Escribe la pluma que tus días libres fueron mi cama, mi cama el anzuelo, la carnada los mordiscos, de los mordiscos sustraje el sabor. No te quedaste con todo, pero sí con mucho, a mí me quedaba siempre lo peor, experiencias dibujaron hendiduras en la cara, los desniveles, la negación. Esos segundos entre dormidos, entre despiertos, entretenidos en una sensación negro carbón. Tus labios, un té de aguas coladas del cuello uterino de mis sábanas lavanda, libres de noches, plenas de lluvia que mancharon con la lengua la inocencia temblorosa de dolor. Desde entonces canto sin boca lo que a nadie le importa.

¿A qué se habrán dedicado las canciones que no tuvieron guitarra? ¿A hacer de ti mi oda prohibida o de mí tu poesía malcriada?.

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