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miércoles, 25 de enero de 2012

martes, 17 de enero de 2012

Telaraña eléctrica



En el barrio, los pelaos son zamuros descansando sobre carros ajenos, muros y balcones. Pueden estar así tanto tiempo que parece que envejecieran marcando su territorio, blindados en esa extraña cadencia. Aquí hay más apodos que apellidos, se fuma del cigarro ajeno, las balas se ponen rojas de la ira, celebran todo, las obleas son más grandes, el caos ya supone cierto orden, una ley, un folklore, el chisme usa rulos, las sombras te abren la puerta y escogen tu mesa, el viento pide permiso al pasar, la libertad se confunde con la impunidad, hay mucho que ver, mucho que comentar, la rabia motiva, el café se hace en la madrugada y enjuaga la boca del primero que lo cuele, los gatos juegan póquer con las ratas, los pesares se matan con ron, el deber se confunde con la obligación, los perros ladran más roncos, los humores de pronto se arrugan, se espabila poco, la conveniencia mata el riesgo, todo se escucha más de cerca, se reza con ahínco, la fé madura, cuando la luz merma, el aire se afila, se responde pero no se repite la respuesta, la cerveza fluye abundante y el llamado etílico no se hace esperar. Debajo de la telaraña eléctrica cuelgan los tennis, papagayos ahumados y miradas cannabinoides. Todos dicen que no se conocen, pero no existe quien no sepa tu nombre.

Luego está Douglas, atento y bigotudo, deleitando a toda la cuadra con sus serenatas ocasionales de piezas sesentosas y un poco reggae.  





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domingo, 15 de enero de 2012

Día del no sé



Diciembre olió a pimienta, lavanda, gasolina, alientos tocados por el alcohol y carne de cerdo. La luna arriba, amontonada entre nubes de espeso calibre, agitando su crin con ensamble homérico, el silencio siendo música en oídos de sordos y diciembre siguió siendo diferente, una huelga a las maldades del mundo, el petróleo siendo la mancha, la riqueza, el color. Vestidos largos y jolgorio. Champagne, lágrima: la primera llora, la segunda embriaga. Luces y sombreros sobre memorias calvas. El tiempo con paso invisible, invisible como el crecimiento de las ramas a través de la ventana. Brisa nueva, noches altas, copas quebradas, calles peligrosas, buchados de cloro, labios inflados de rubí. Los abrazos oportunos. El ulular forastero de la calle. El rezo de los grillos, las grietas de los bancos en las plazas. La mente es un animal omnívoro, come lo que le den. Caminantes del tiempo, vamos así tan campantes por la vida, muriendo y resucitando como Lázaro, con los ojitos brillantes y la boca caprichosa, mirando del aire los colores fluorescentes en ese cielo azabache drogado en pólvora. Cuchicheaban las tías y las esquinas. Se vino venir el vómito del borracho alegre, parpadeaban las luces, los semáforos silentes. La vida es un brindis. Luego del brindis el llanto. En fin, llorar no es sólo para los cautivos en tristeza. Se metió la madrugada debajo de las tejas, los villancicos servidos, nos íbamos quedando dormidos cantando bajito bajito. Los brazos y piernas se desprendieron del resto del cuerpo y de inmediato se sintió la ausencia de peso, se cayó todo en un torrente cristalino al depósito de la gravedad, cayó la atmósfera del pecho, se quebró en el pavimento y en algún rincón de este universo centelleante quedaron piezas de cráneo buscándose en el infinitum, rompecabezas. Crujieron en la llamita de la vela moléculas fisgonas, quizás una hormiga juguetona o sólo producto de mi imaginación piromaníaca. Se fue un año y en cuestión de segundos aterrizar en este enero fresco y mojado me hace pensar que quién sabe qué será de nosotros, teniendo al destino asechando malo con sus dados en la mano. Un momento de pequeños buenos momentos a su vez me hacen saber que hoy es el día del no sé qué decir.
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